Vanguardia y judaísmo en el Moviento V.P

El Poeta de los Mil Años estaba entretanto asomado a su viaducto y era presa de terribles inquietudes. ¿Sería verdaderamente un poeta moderno o un poeta definitivamente antiguo? Su grito de resurrección, ¿habría sido un alarido incoherente o el grito de unas entrañas verdaderamente grávidas de futuro?

—No sé —decía él contestándose a sí mismo—, pero es lo cierto que después de haber sustituido al gallo de una madrugada, con las alas estremecidas por un aire de porvenir, mi alma se inclina ahora a escuchar el canto de ese mochuelo apasionado que en estas soledades anuncia la primavera. Verdaderamente, yo fui víctima de una alucinación aquella noche en que creí descubrir en el cielo oscuro signos desconocidos y nuevos. Resabios de exóticas lecturas, me hicieron ver una ciudad nueva, eternamente inquieta y diurna, en este gran solar destartalado de la noche antigua. Porque todo lo que ahora veo en mi alrededor existía ya en mi era islámica y quietista. Esa estrella, llena de lágrimas, es la misma que lloró sobre las úlceras de Job y sobre mis rosas juveniles. Para llegar hasta aquí he pasado esta noche por puertas de forma oriental, y en el camino me han mirado ojos como almendras, por entre velos desgarrados. Las cortesanas siguen como en lo antiguo sosteniendo, exorables cariátides, los muros de la noche. El reloj de mi pulso sigue midiendo las horas con su ritmo antiguo; y mi sombra me sigue como una cabellera alisada. Todo está igual que en la era antigua. Y esos mismos poetas que se creen haber traspuesto el límite de su sombra, como quien salta sobre su turbante caído, llevan esa misma sombra sobre sus hombros como el judío de Polonia, emigrado a otros climas, conserva la hopalanda con que perdura en viñetas antiguas. Esos viejos poetas jóvenes, son, en realidad, una hora vertiginosa desprendida de mi horario; han nacido de mí como nacen los pájaros del corazón misterioso de Dios y pueblan la noche de gestos vertiginosos que alteran el viejo tiempo. Ellos son, en verdad, un tiempo falsamente nuevo, pero que sirve de perspectiva a mi verdadero tiempo antiguo. En cuanto a mí, gracias a ellos, vuelvo a amar, nuevas otra vez, las bellas cosas antiguas: el reposo inviolable del Sábado, el Candelabro de los Siete Brazos, mi bella letra arcaica y el paisaje indeterminado de mi desnudez olvidada. Todo eso vuelve a a ser otra vez nuevo, gracias a la nueva era que ellos han creado. Así, desengañado del vano sueño de una noche inútilmente futura que no dejó ningún peso en ninguna cuna, éste es el momento de encender nuevamente las luces de la lámpara antigua y de añadir un nuevo versículo al salmo interrumpido… Así, inmovil y ávido como este viaducto que tiembla en la noche, ufano y pesaroso de no ser un tren, yo no traspondré los antiguos límites ni ese trecho que es lícito recorrer en Sábado… Y desde este viaducto escucharé en la noche dormida los gritos de los viejos poetas jóvenes. Pero ellos siempre vivirán de mi inquietud, porque yo represento un tiempo indeterminado, y cada vez que me asomo a este viaducto matinal oigo balbuceos de anunciación, y mis rizos, que perduran pueriles, tiemblan como los cascabeles de la hora que va a sonar.

El movimiento V.P., primera edición, págs. 62 y 63

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